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Texto: Jorge A. Hernández

Segundo capítulo de Otoño

Ojo Gacho

 

5

cógetelas, cógetelas

cógetelas, cógetelas

4

3

mátalas, mátalas

mátalas, mátalas

2

1

jajajajaja

         Es quizá el agotamiento de un primer día de trabajo, lo que ni siquiera me motiva a tomarle importancia a esa voz endemoniada que habita en mi mente desde niño. Hermoso Dios Arquitectónico, perdóname por renegar de mi pobre deseo de mantenerte aislado de la suciedad, pero llevar la aspiradora sobre la espalda por más de seis horas ininterrumpidas (y 21 pisos) es un asunto de locos al que me tengo que acostumbrar. Mi cuello y hombros luchan por mantenerse unidos y no romperse en pedazos, mis brazos por seguir siendo brazos y mis piernas por llamarse piernas.

Digo adiós a mis compañeras de trabajo, quienes siguen la plática y algarabía de un final de jornada laboral en el sótano del edificio. Mientras me alejo, escucho que se refieren a mí con adjetivos que yo nunca usaría para referirme a ellas.

lo-co

fe-o

pu-to,

         dicen

El camino a casa es corto, pero estos pies que van llenos de pesadez y abatimiento lo hacen parecer distante y remoto. El viento me silba al oído la bienvenida que le da al otoño y es tan hermosa como el ceremonial que realizan los árboles en los días de octubre para desprenderse de las hojas muertas. La gente ya ha comenzado a resguardarse en sus casas como animales que hibernan preparándose para sumergirse en su largo estado de aletargamiento.

Los vagabundos son ahora, los fantasmas

tus fantasmas

que habitan estos paseos nocturnos y vacíos.

         No puedo creer que ahora soy testigo de lo que comen, piensan, y sienten casi las 500 personas que trabajan dentro de mi hermoso edificio. Conozco parte de su descendencia y sus raíces, sus gustos personales e intelectuales, su incultura y su arrogancia. El tipo de bebida que les quita la sed o la comida orgánica o grasosa que devoran en su boca.

Mientras lo pienso, me detengo y observo –siento- la soledad que emana la Plaza San Jacinto después de las once de la noche. Veo en los rostros de esos lagartos horribles e inanimados los rostros de esas personas y me aterra darme cuenta que sus ojos están inundados de ira. El viejo e histórico reloj parece que comienza a contarnos el tiempo a todos con sus amenazadoras y cansadas manecillas.

Antes de reanudar mi camino a casa, el viento trae consigo un bello momento y llena mi entorno con un ligero torbellino de música que parece el grito desesperado de un ánima deseando el suicidio.

 

When you were here before

Couldn’t look you in the eye

You’re just like an angel

Your skin makes me cry

 

¿Pero qué es lo que llega a mis oídos como un sonido de cristal? Es Ojo Gacho pasando detrás de mí, montado en el asiento trasero de un moderno y elegante auto que maneja la chica más linda que he visto en mi vida.

puuuuuufffff!!!!

Esa chica, de quien me enamoré sin tanto preámbulo y con solo observar por unos segundos su imponente belleza hecha fotografía, misma que adorna su cubículo donde huele a gardenias y mandarina.

Oh, Ojo Gacho, no necesito suplicarte que le cantes a mis venas para poder sobrevivir, porque el luto de tu voz me lleva a desfallecer en mis propias divagaciones y profundos recuerdos.

Es quizá por eso, y al éxtasis que deja la imagen de esa hermosa chica que ahora ocupa el lugar de todas mis emociones, que el abultamiento que vive en medio de mis piernas comienza a cobrar vida, como un desesperado monstruo quien demanda sentir también las caricias del viento. Mis atrofiadas manos, cansadas y resecas, luchan incansables por desabotonar mi pantalón, y de inmediato, una infinidad de hojas blancas y vírgenes salen volando del interior, llevándose con ellas la fuerza de mis piernas y convirtiendo la negrura de mi pelvis en un valle nevado.

Es curioso, porque parece que la noche también se contagia del extraño éxtasis que me gobierna, y poco a poco, delicados copos de nieve comienzan a caer alrededor, anunciando el arribo de un precipitado y poderoso invierno.

Continuará

 

 

 

 

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